Hay algo que me ocurre cada vez que paso suficiente tiempo en la naturaleza, empiezo observando un paisaje y termino observándome a mí. No sé exactamente cuándo empezó, tal vez fue en una caminata por la montaña, en una tarde viendo el mar o durante alguno de esos días en el Amazonas en los que el silencio era tan inmenso que resultaba imposible no escuchar también los propios pensamientos. Lo cierto es que, desde entonces, cada vez que me encuentro con la naturaleza siento que estoy frente a una maestra que nunca ha necesitado hablar para enseñar.
Hace poco me hice una pregunta que todavía no logro responder del todo: ¿En qué momento dejamos de sentirnos parte de la naturaleza y empezamos a exigirnos cosas que jamás le exigiríamos a ella?
Nunca he visto a un árbol avergonzarse por perder sus hojas; tampoco he visto a un río frustrarse porque una montaña apareció en su camino, simplemente cambia de dirección y sigue avanzando; nunca he visto a una flor pedir disculpas porque su tiempo de florecer terminó; ni a la luna empeñarse en permanecer llena todas las noches.
La naturaleza cambia constantemente y, sin embargo, jamás interpreta el cambio como un fracaso. Nosotros sí. Nos cuesta aceptar que la vida también tiene estaciones, que hay épocas para florecer y otras para echar raíces, que existen momentos de expansión y otros de aparente quietud. Vivimos obsesionados con permanecer siempre en nuestro mejor momento, como si la plenitud pudiera sostenerse indefinidamente, pero ninguna flor permanece abierta para siempre, ¿Por qué esperamos eso de nosotros?
Quizás una de las ideas que más daño nos ha hecho es creer que descansar significa detenerse; sin embargo, todo lo importante en la naturaleza ocurre lejos de nuestra impaciencia: un árbol tarda años en crecer; una montaña necesita siglos para formarse; las raíces trabajan durante meses bajo la tierra antes de que alguien pueda admirar una sola hoja; los ríos avanzan, no pelean contra las piedras, no intentan atravesar las montañas por orgullo, las rodean, encuentran otro camino, siguen fluyendo. Y lo más importante casi nunca sucede a la vista de todos y, aun así, nosotros queremos resultados inmediatos, nos desesperamos cuando el cambio no llega tan rápido como esperábamos, dudamos de nosotros mismos porque todavía no vemos frutos, sin preguntarnos si, tal vez, todavía estamos echando raíces.
Durante mucho tiempo confundí la fortaleza con resistir, pero hoy sospecho que la naturaleza entiende algo que nosotros olvidamos con frecuencia: a veces la verdadera fuerza consiste en dejar de empujar aquello que no va a moverse y buscar otro camino sin sentir que por eso hemos fracasado.
Mientras más observo la naturaleza, más me convenzo de que nunca ha intentado enseñarnos a producir más, a competir mejor o a llegar primero. Nos ha enseñado algo mucho más sencillo: a respetar los ciclos, a confiar en los procesos invisibles, a entender que crecer toma tiempo, a aceptar que cambiar no significa perderse; y, sobre todo, a recordar que la vida no ocurre únicamente cuando florecemos, también ocurre mientras echamos raíces.
Tal vez una parte importante de nuestro sufrimiento comenzó el día en que dejamos de vernos como naturaleza y empezamos a tratarnos como máquinas. Las máquinas producen sin descanso, la naturaleza respira; las máquinas repiten, la naturaleza se transforma; las máquinas funcionan o se dañan, la naturaleza cambia, se adapta, pierde, vuelve a empezar y, aun así, nunca deja de ser ella misma. Quizás por eso, cada vez que necesito encontrar respuestas, termino caminando entre árboles, no porque crea que la naturaleza tenga todas las respuestas, sino porque, cuando la observo con atención, me recuerda cosas que alguna vez supimos y después olvidamos: que nada florece todo el tiempo, que lo invisible también está creciendo, que cambiar de estación no significa haber fracasado, y que, tal vez, vivir no consiste en ir más rápido, consiste en aprender, como la naturaleza, a confiar en el tiempo.
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