La mayoría de los abismos importantes de nuestra vida no tienen 4.000 metros de altura

La mayoría de los abismos importantes de nuestra vida no tienen 4.000 metros de altura

Sobre los abismos silenciosos a los que nos enfrentamos todos los días.

Hace algunos meses me lancé de un avión: estuve a miles de pies de altura, con la puerta abierta frente a mí y el vacío extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Recuerdo el ruido del viento, la inmensidad del paisaje y la sensación extraña de estar a punto de hacer algo que desafiaba todos los instintos de supervivencia que habitan en un cuerpo humano.

Justo en el momento de saltar entendí algo que no esperaba… el miedo no era al vacío, era a mí, a la posibilidad de que mis piernas se negaran a moverse, a que mi cuerpo tuviera razón y yo estuviera cometiendo un error, a descubrir que no confiaba lo suficiente en mí misma para dar el paso. Y durante las semanas siguientes pensé que aquel había sido uno de los momentos más valientes de mi vida, pero hoy no estoy tan segura de eso.

Con los años he descubierto que los verdaderos abismos rara vez tienen miles de metros de profundidad, y tampoco exigen un paracaídas. Los abismos más difíciles suelen ser silenciosos y tienen distintas formas: una conversación que llevamos meses evitando, una decisión que sabemos que debemos tomar, una relación que ya terminó en nuestro corazón antes de terminar en nuestra vida, un proyecto que nos ilusiona tanto como nos aterra, una verdad que necesitamos decir, una versión de nosotros mismos que ya no nos cabe, pero que seguimos habitando por costumbre.

Quizás por eso me impresiona tanto la facilidad con la que reconocemos el coraje en algunas situaciones y lo difícil que nos resulta verlo en otras, porque si alguien salta de un avión, todos entendemos que tuvo que vencer el miedo, pero pocas veces pensamos en el valor que requiere renunciar a una vida que ya no nos hace felices, o empezar de nuevo, o admitir que nos equivocamos, o mostrarnos vulnerables, o perseguir un sueño sin ningún respaldo de éxito.

Tal vez porque esos saltos no dejan fotografías espectaculares no hay aplausos cuando decidimos poner un límite, no hay certificados para quien se atreve a cambiar de rumbo, ni tampoco hay testigos cuando alguien, en la intimidad de su propia vida, decide dar un paso que lleva años postergando y; sin embargo, sospecho que ahí habita una de las formas más profundas de valentía.

Nos enseñaron a pensar el miedo como una señal para detenernos, como si el objetivo de la vida fuera evitar la caída, pero cada vez estoy más convencida de que muchas de las cosas que han transformado mi vida comenzaron exactamente igual: con incertidumbre, con preguntas, con el impulso casi irresistible de quedarme donde estaba. Tuve miedo de publicar un libro, de mostrar partes de mí que antes escondía, de hablar en público, de empezar proyectos sin saber si funcionarían, porque todas esas decisiones tuvieron algo en común, ninguna vino acompañada de garantías.

La confianza nunca llegó antes, llegó después, porque esa es, posiblemente, la parte que menos nos cuentan, que el descubrimiento de nuestras alas no ocurre antes de saltar, en realidad las descubrimos mientras caemos. Y quizá por eso, los abismos más importantes no son los que se abren bajo nuestros pies, sino los que aparecen cada vez que la vida nos pide convertirnos en alguien que todavía no sabemos ser.

Así que hoy quiero preguntarte, y tú ¿a qué abismo aún le tienes miedo? 

Esta reflexión nació a partir de un salto en paracaídas y terminó convirtiéndose en una pregunta sobre la vida. Si quieren acompañarme en el origen de esta historia, pueden encontrar el video en el Instagram de @almaconb 

Gracias por leer estas primeras anotaciones de una mujer sensible, curiosa y apasionada. Nos leemos pronto.