Hay un momento
en el que dejo de mirar tu rostro
y empiezo a mirar tus manos.
Las tuyas.
Las que antes lo sostenían todo
sin pausa,
sin duda.
Ahora tienen grietas,
y una que otra arruga
un temblor leve que aparece
muchas veces sin que lo intuyas.
Y ahí me pasa algo.
Porque sin decirlo, sin pensarlo
y sin esperarlo,
los papeles que tuvimos toda la vida, han cambian de lado.
Ya no eres solo tú quien cuida.
Ya no soy solo yo quien está a salvo.
Hay algunos días en que repites una historia
y yo quisiera, de verdad prestarte mi memoria,
porque a mí se me desordena el mundo
un poquito más temprano
y quisiera darte mi vida
como quien presta un abrigo
en medio del frío más largo.
Pero no puedo.
Y esa es la parte más difícil:
amarte tanto
y no poder lograr que los años no pasen tan rápido.
Ni evitar el desgaste,
ni detener el tiempo,
ni borrar este miedo
que me llega callado.
Porque empiezo a entender
algo que me ha costado,
que tu ida de este mundo
va a dolerme demasiado.
Entonces vuelvo a tus manos,
las tomo con cuidado,
como si apretarlas fuerte
te mantuviera a mi lado.
Como si mi amor,
aunque sea por un instante,
pudiera convencer al tiempo
de pasar…
un poco más despacio.
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© Alba J Castro — Alma con b
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