A quien me enseñó la diferencia entre refugio y hogar

Últimamente he estado pensando mucho en el amor, en las formas en las que nos acercamos y, sobre todo, en las maneras sutiles en las que huimos. Y me he preguntado ¿Cómo habitar un hogar si todavía se vive huyendo?

Me demostraste que no buscas compañeras, buscas estructuras. No buscas amor, buscas asilo. Te mueves con la precisión de quien aprendió a sobrevivir, no a quedarse. Coleccionas espacios seguros como quien teme el eco de su propia soledad. No es pragmatismo: es miedo bien organizado. No eres un lugar seguro, eres un coleccionista de refugios.

Y, con todo, observando tu comportamiento aprendí que un corazón roto no se repara buscando otra casa. Que ninguna arquitectura ajena puede sostener lo que no se atreve a mirarse por dentro. Y también comprendí que yo no vine a salvarte. No soy refugio de nadie. Soy hogar. Y un hogar no se improvisa, no se usa como tránsito, no se habita con una maleta siempre lista. Un hogar exige presencia. Exige quedarse incluso cuando el silencio incomoda, cuando el amor deja de ser idea y se vuelve práctica.

Yo te agradezco. No por lo que fue, sino justamente por lo que no fue, por lo que este encuentro me mostró. Gracias por recordarme que no quiero vivir a medias, que no quiero ser opción segura ni pausa temporal. Que el amor que elijo no huye cuando empieza a importar.

Y así, sin reproche, me quedo conmigo, mi lugar más seguro. 
Entonces entendí algo esencial: quien busca refugios, no está listo para habitar un hogar.

Derechos de autor 
© Alba J Castro — Alma con b
Todos los derechos reservados.
Esta obra no puede ser reproducida, distribuida ni utilizada con fines comerciales, editoriales o de modificación sin la autorización expresa de la autora.
Para uso personal en redes sociales, se permite su difusión siempre que se cite la autoría y se etiquete la cuenta correspondiente @almaconb